Crónicas de un amor condenado a muerte
I
Fui hereje de los descarriados, impía con los desertores, ni entre los imberbes conseguí buena reputación. Descendiendo sin descanso hacia el inframundo que yace bajo los píes de la gente común, entre toda la escoria, te encontré a vos el más jodido de los condenados a muerte. Me conquistaste con el vacío infernal de tu mirada y prometí no abandonarte ni después de cumplida tu sentencia.
Deambulando por sucios pasadizos con húmedas paredes, agarre tu mano como si fuéramos de paseo por la pradera, pero no es un árbol lo que nos esperaba sino el verdugo que has sabido conseguir. Te tocó en desgracia uno implacable e inapelable, con un prontuario a cuestas como el tuyo, mi amado, inútil apelar a un juicio justo, aunque mucho sentido no tiene cuando no te arrepentís ni de lo que ya no recordas. Caminaste con la cabeza en alto mirando un cielo inexistente, te seguí un par de pasos detrás. Te llegó la hora, un descarriado menos, una falta más. Maldecís hasta el último suspiro y es el mejor honor que le podes hacer a tu nombre y a mi amor.
II
Yace aquel a quien el mundo le quedó chico, quien desafió todas las leyes terrenales y divinas. Su última fechoría fue tomar por asalto un corazón nunca antes conquistado, solo quien enfrentó a la muerte sin miedo ni angustia pudo derribar las murallas que lo resguardaban. Yace sin paz y sin gloria, sin flores en su entierro. Pero con algo que pocos hombres logran en su vida, un amor más allá del fatídico final. No hubo lagrimas, ni duelo. La muerte es solo un nuevo comienzo entre quienes no honran la vida. Para todos los innombrables que pueblan los oscuros rincones de la existencia al margen de la moral y las buenas costumbres, dejar este mundo es casi una bendición.
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